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Mónica Naranjo

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Biography


Nació el 23 de mayo de 1974 en Figueras (Gerona).

Cómo iba a imaginar aquella niña introvertida, con trenzas y calcetas, que ese camino a la escuela de todos los días se prolongaría por los caminos dorados del éxito, más allá de Figueres, ese entrañable pueblo ampurdanés en la frontera con Francia, próximo a Cadaqués, donde Mónica pudo conocer al pintor Dalí al que siempre recordará con su manta roja en la silla de ruedas.

Cataluña, los años 70, la apertura cultural, el turismo, los pintores, nuevas músicas invaden la vida cotidiana y hay un estilo internacional que desfila por la radio en una pasarela interminable ante la que enloquece la juventud: rock, pop, disco, soul, funky. En plena gestación, su madre, una mujer sencilla pero sensible y despierta, ya exponía a su hija a las vibraciones de Aretha Franklin, aunque Mónica recuerda que en casa se imponía el flamenco, así añoraba su padre las lejanas tierras de Andalucía, su lugar de origen. El presupuesto familiar es humilde pero mamá Patricia, con gran esfuerzo, matricula a su hija en el centro donde recibirá su formación musical y le compra un temible instrumento con el que atormentará a propios y vecinos: un magnetofón de plástico donde la niña graba incansablemente su voz.

La adolescencia siempre es cruel y para combatir la tensión familiar Mónica se encierra en la habitación, y mientras recrea los “glamourosos” éxitos de las reinas de la disco, va sacando brillo a su propia creatividad improvisando y apuntando ya lo que más tarde será un estilo personal. Y mientras suena su propia quimera, graba cintas que envía a productores inalcanzables, a lejanas y anónimas compañías discográficas.

Conoce la ilusión y también la desesperanza, pero una de esas grabaciones intriga a un joven español, compositor y productor con reciente éxito en el área latina. Cristóbal Sansano queda totalmente fascinado. El vértigo de los dieciséis años, Mónica se va de casa, y juntos trabajarán en un proyecto común: la música. “La disciplina en el estudio no riñe con la imaginación” -dice Mónica-, “el estudio es el taller de la fantasía”. La pasión del trabajo, que es la pasión de sus vidas, no conoce el desaliento durante dos años hasta conseguir, con mucho conocimiento del lenguaje musical, tallar con melodías y palabras la imagen misma de la seducción; experimento pop que no pasa desapercibido para el olfato de las grandes compañías discográficas y en 1994 Sony Music presenta a Mónica Naranjo ante el foro musical.

Comienzan las giras promocionales por el áspero territorio nacional, donde una atractiva desconocida defiende temas de impacto que, sin embargo, pasan desapercibidos en un momento y en un mercado quizá saturado e inseguro. Primeras decepciones pero muchas ganas. Mónica se reconforta recordando aquella niña inocente, lejana en el tiempo, que tarareaba en el camino de la escuela y pensando que aún quedaba mucho camino por delante. Con ese ánimo acude Mónica a la convención internacional de 1995 para profesionales y desgrana su álbum ante un público critico y especializado. Los ejecutivos enmudecen y quedan atónitos ante su interpretación. A continuación Mónica repite la travesía de las cantantes españolas más universales: la aventura de América. La devoción absoluta entre Mónica y su nuevo público es también inmediata y, a partir de ese momento, cambia su estrella. Una gira intensa por México, USA y después por el resto del continente americano, muestra una personalidad y una voz imparables. TV, radio y prensa se entusiasman y en todas partes hay un público que reclama su presencia y su voz como el fetiche de sus fantasías. Mónica, abrumada, confiesa: “La experiencia del directo es insustituible, son miles de personas…, es la emoción y el éxtasis”, también nos cuenta que no es una voz de plástico prefabricada sino una mujer de verdad, una voz sin engaño y que ella se considera mexicana porque en esa tierra volvió a nacer. Se siente adoptada por su público y dice que eso es algo mágico. Aquel primer álbum con canciones como “Sola”, “El amor coloca”, “Sólo se vive una vez”, “Oyeme!”, … permanecerá en el recuerdo de varias generaciones.

Para sus fans es un ídolo cercano y entrañable y para la industria un fenómeno sin comparación en la última década, del que dan cuenta el disco de oro, platino, diamante y doble diamante como reconocimiento a los varios millones de ejemplares vendidos. Aquella niña solitaria y hogareña confiesa que desde entonces su vida transcurre entre aviones y hoteles, estudios y platós, que quisiera tener más tiempo para su perrita Whitney y la repostería casera. Pero en el trabajo es muy estricta, se encierra en el estudio y trabaja intensamente, estudia arte dramático e interpretación, compone y escribe sus propias canciones, así como para otros artistas de primera línea, sueña con nuevos países y busca la perfección en su arte. Mónica se deja seducir por influencias clásicas y líricas a las que da forma y fisonomía pop, pero está siempre alerta a las nuevas tendencias o experimentos que puedan enriquecer su estilo. Su madre dice que Mónica es independiente porque así la educó y, por eso, ahora acepta el cambio familiar y la distancia entre ellas dos. Mónica responde: “Mi madre es mi amiga, ella me inculcó el sentido ético de la vida y la búsqueda de la libertad por encima de todo”. “Palabra de Mujer” quiere decir “palabra de persona” antes que nada. Mónica Naranjo canta al mundo desde un cuerpo de mujer y da su palabra de confianza en diez hermosas canciones con una misma leyenda: el ansia de libertad. El disco que nos presenta es el autorretrato de una mujer emocionada por ese deseo. Su voz se demora en un rosario de baladas: “Empiezo Recordarte” y “Yo Vengo y Tu Te Vas” comentan, en un tiempo relajado, las ausencias y las separaciones.

Los amantes son seres que van y vienen, ocupados con las actividades de la vida cotidiana y nunca se encuentran. La garganta se desgarra por momentos y la sección de cuerdas matiza ese lamento. Mónica escucha la música de los países que visita y aprende de sus viajes; así la fría delicadeza del estilo norteamericano, se derrite entre estas dos interpretaciones siempre cálidas y a veces fogosas. Pero es en “Ámame o Déjame” donde ese temperamento apasionado se muestra más dramático, quizá por las variaciones de intensidad a lo largo del tema, por esos matices suaves que desembocan en puntos álgidos, quizá por la capacidad con que Mónica recorre ese registro dinámico en una interpretación arriesgada y con saltos vocales al vado. El tándem entre guitarras tensas y orquesta de cuerdas es electrizante, nos sugiere un gran auditorio, la sensación de estar en directo ante un buen número de ópera rock de los años setenta. Y es de esa mítica época para la música popular de donde Mónica bebe la infinita melancolía cinematográfica de “Miedo”: dos mujeres, un sentimiento…. y un atrevimiento.

El amor por el lado más sensible y la admiración por el mar Mediterráneo inspiran a Mónica las coloraturas intimistas. Sin embargo, la escucha es impactante también en los temas bailables. “Pantera en Libertad” habla de la emancipación femenina, de su dulce esclavitud. Es un himno sobre fondo rítmico, un mensaje directo sobre la pista de baile. La melodía discurre cargada de intenciones sobre un ambiente secuencial… En “Desátame”, una introducción lírica y su continuidad melodramática se resuelven en un estribillo con gancho. La fusión del pop con su soporte tecnológico apuntan al mejor estilo de baile europeo. Los coros apoyan esta pequeña ópera en la que Mónica representa las pasiones. “Enrender el Amor” es entender a Mónica y a los millones de personas que se apiñan con devoción en el recinto sagrado de la música dance. Allí sobran los tabú es y la ambigüedad es mágica. Para que eso ocurra será imprescindible un concepto radical del sonido y de las claves rítmicas. En este corte, Mónica se desliza por una melodía redonda, los coros góspel están hermanados y los sintetizado res bien temperados. Hay otra zona del álbum donde Mónica se refiere a la adolescencia que al ir madurando no pierde su pureza: como una invitación a vivir las primeras experiencias sin miedo a la felicidad, susurra delicádamente “Rezando en Soledad”, después el medio tiempo, rompe la voz y tras un triple salto vocal, pasea su potencia por las tesituras como el agua por los tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Los músicos perciben esa emoción y le apoyan.

También, la primera juventud es el motivo en “Las Campanas del Amor”, la maternidad prematura, los momentos difíciles. En la mejor tradición narrativa del cancionero popular, Mónica dramatiza la historia y nos enternece con el joven personaje. Con un ropaje acústico, cierra el disco una canción diferente al resto, y con ella se relaja la tensión de un trabajo minucioso: “Tu y Yo Volvemos al Amor”. La línea vocal desenfadada y el buen hacer de la banda nos regalan una pieza con la frescura de la canción italiana de los años ochenta, con un estribillo impulsivo y enérgico. La producción de Cristóbal Sansano junto con Mónica Naranjo, viste elegantemente una voz que se desnuda y se muestra como es. Juega a ser trivial, a disimular su complejidad asombrosa entre los matices insignificantes y procura una audición fácil, amena, rigurosa y con gusto. Los músicos que encabezan los créditos en grabaciones de grandes estrellas, aportan aquí la solidez y los ingenieros la transparencia. El resultado es una sucesión impecable de música pop.

Mónica Naranjo nos conmueve. En las inflexiones de su voz descubrimos a las reinas de la canción melódica y su forma de vibrar ante el canto sintoniza con el espíritu magnético de las divas. Llega con “Palabra de Mujer” la temprana consolidación de su carrera que ahora, en el año 2000, se confirma con la edición de “Minage”. En 2009 publicó “Adagio”, un disco donde hace un repaso a sus quince años de carrera y que grabó con la compañía de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México.

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